Esa sensación le hacía sentirse extraña. Notaba como sus lágrimas, una vez más, caían sin cesar un solo momento, pero esta vez ella no hacía nada para pararlas. Nadie la miraba, estaba sola y, por fin, no tenía porque ocultar sus sentimientos. Lo que no sabía era que un joven la observaba a unos pasos del banco en el que ella se había sentado. Él pensaba que ella era realmente preciosa, ella tan solo quería morir. Y entonces sus miradas se cruzaron. Instantáneamente ella bajó la cabeza deseando que él no la hubiese reconocido. Pero unas manos cálidas le hicieron volver a levantarla hacia él. Esas manos cálidas que ella tanto había agarrado temiendo que se esfumasen y la dejasen sola otra vez, las que le habían ayudado a levantarse cuando ella había tropezado por el camino, las que habían secado sus lágrimas, las únicas que nunca la habían dejado tirada… las manos que pertenecían al único chico al que había amado. No hicieron falta palabras para que los pensamientos conectasen entre ellos. Se acercó más a ella y susurrándole al oído la besó haciendo que las lágrimas de ella cayesen con más fuerza, pero ahora, tras mucho tiempo en la penumbra, la chica volvió a sentirse viva y cogidos de las manos los dos se fundieron bajo aquella noche donde la luna parecía sonreírles.
1 comentarios:
Esta entrada me ha inspirado para escribir una. Está en mi blog, pero te la escribiré aquí para que la veas directamente y me digas qué te parece, ¿vale amor?
Una vez más ella estaba tirada de cualquier manera en su cama. Las lágrimas caían una tras otra sin orden ni compás, desordenadas, despreocupadas. A nadie le importaba ya lo que le pasara, y tampoco necesitaba importarle a nadie. Oh, cielo santo, ni siquiera sabía a qué se debía tanto lloriqueo. ¿Por qué esta vez?
Hacía ya varios meses que la más ridícula tontería era motivo suficiente para provocar un torrente de lágrimas en ella. Se sentía estúpida. O... ¿tal vez lo era?
Entonces de pronto él apareció. No lo oyó, no lo vió, simplemente lo sintió. Lo percibió como una suave ráfaga de aire en la habitación cerrada completamente, y supo que era él, pues tanto la ventana como la puerta estaban cerradas a cal y canto, y nadie más podía producir en ella esa sensación de calma absoluta que ahora la envolvía.
Cerró los ojos. Las lágrimas cesaron. Casi pudo sentir como la calidez de sus manos la rodeaba en un estrecho lazo e iba envolviéndola, iban haciéndose sólo uno.
Supo que era él, el hombre que siempre había estado a su lado, el que nunca la había dejado en la estacada, el que habría dado su vida por ella pese a todo, y aunque ya no fuera su vida lo que pudiera ofrecerle, desde allá donde estuviera seguía a su lado para reconfortarla siempre que lo necesitara.
Supo que era él... porque sólo él, y nadie más que él, podría hacerla sentir el amor desde ese punto de vista: su padre.
P.D.: Te quiero, papá.
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personas dejaron su papel en la luna